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Begin the beguine

Después de dos meses sin entrar en el "chúrnal", por fin, sin razón aparente, me da por actualizar y, cuando pincho sobre la pestaña en cuestión, se abre ante mis ojos un cuadro de texto en el que, al modo de los Sioux, se me pregunta: "¿Recuperar el borrador guardado?"; a lo que yo, temeroso de la hoja en blanco y en la seguridad de que lo que allí hubiera escrito me daría la oportunidad de reengancharme con lo que dejara abandonado a finales de 2008, accedo con gusto, reconfortado y aun curioso. Mas cuál será mi desazón cuando, tras elegir "Ok" y prepararme para recordar viejos tiempos, lo único que aparece ante mí es, precisamente, el mismo espacio desnudo, sin ni siquiera un miserable epitafio. "Pues menudo churro de borrador", me digo a mí mismo, no sin cierta hilaridad, sobre todo al pensar que dicho espacio se corresponde bastante bien con lo que, después de todo, tenía que decir por aquel entonces.

Hoy, por suerte, las cosas han cambiado y, quién sabe por qué inescrutables designios, me vuelve a llenar esto de escribir, aunque mis únicos lectores sean esos cuatro o cinco amigos a los que, con la puntualidad de un reloj, les envío un cheque cada primero de mes. Como siempre, no sé cuánto durará. Lo que sí sé es que, si hay una cosa que te hace sentir bien, ¿por qué dejar de hacerla? ¿Porque esa misma cosa casi te lleva a la guillotina estas pasadas Navidades? ¿Porque, en vez de trabajar, puedo pasarme horas enteras pensando qué contar? ¿O acaso porque lo que en realidad quiero es dejarme llevar por la mecánica del día a día y renunciar a un sano y creativo ejercicio de introspección, que, además, me permite conocer a gente de lo más indescriptible?

En fin, no me extiendo más. Por hoy ya me he exprimido lo justo. Cabe decir, por otro lado, que tampoco me viene ninguna cosa lo suficientemente interesante como para consignarla. Pero bueno, ya vendrán.... y cuando eso ocurra, mejor que estéis preparados.

Os dejo con una foto de la nevada de Madrid (ya que todo el mundo saca a relucir las suyas, yo no voy a ser menos, copón):



¡¡El patio de mi casaaaa es uno polar, cuando nieva se cubreeee, como los demás!!

El gran circo del mundo



                                   Julián Muñoz durante su entrevista del viernes pasado

De un (largo) tiempo a esta parte, me da casi pánico encender la televisión. Por lo general, suelo verla cuando me levanto y mientras ceno. El resto del día -no sé si por suerte o por desgracia- lo tengo ocupado en otros menesteres, y ni siquiera a la hora de la comida -que casi siempre tiene lugar en el CSIC- veo las noticias ni me repantingo en el sofá a dormitar al son de algún dudosamente digestivo programa de sobremesa, como hace no mucho tenía costumbre de hacer. Con tan pequeña dosis, no obstante, ya tengo más que suficiente. Conste, así y todo, que la mayoría de las veces me suelo decantar por las películas, por muy infumables que sean, y son contadas las ocasiones en las que me dejo arrastrar por los shows que se emiten en prime time, como pueden ser Gran Hermano, El Hormiguero, Operación Triunfo, Mira quién baila y otros de la misma o semejante catadura. Tampoco me entusiasman demasiado las series, normalmente españolas, quitando, quizá, Aída, pero sólo por su falta de pretensiones, sus buenos actores y su humor de brocha gorda, suerte de híbrido entre el esperpento y el género chico. Del resto -Hospital Central, El Internado, Física o Química (¿por qué demonios programan esta serie, remedo de las míticas -si bien reiterativas, ñoñas y, en definitiva, prescindibles- Al salir de clase Compañeros, para un horario adulto?), etc., no sigo ninguna ni tengo reparo alguno en presionar el botón de apagado cuando engullo el último bocado.

Pero la razón por la que la televisión de hoy en día me produce escalofríos es porque, más que en ningún otro momento de mi breve existencia, veo consolidarse, a pasos agigantados, y cada vez con más contundencia y entusiasmo, el remoquete de caja tonta. No pretendo repetir lo que la mayoría, como quien se queja de la crisis sin saber de dónde viene ni en qué medida le afecta a su persona; por el contrario, mi intención es llamar la atención sobre el significado original de esas dos palabras, desautomatizar el tópico; y es que la expresión, pese a lo sobada que se encuentra, no puede parecerle más ajustada a cualquiera que sintonice programas como Dónde estás, corazón, La Noria, Espejo Público o el ya mentado Gran Hermano, verdadero paradigma de la televisión del siglo XXI (estrenado, no por casualidad, en el año 2000). El problema, con todo, no es que la televisión en sí sea tonta o lista; al fin y al cabo, cada uno es como es y, si te ha caído en gracia una inteligencia no demasiado florida, bastante tienes con ello. La cosa se vuelve preocupante cuando esa persona -o en este caso, ese ente- cuenta con un incuestionable ascendente sobre los demás, sobre sus juicios y sus criterios, un poder omnímodo que se impone, no sólo a las prescripciones escolares o ciudadanas, sino también a los mismos principios del respeto y la excelencia. Es entonces cuando la dichosa caja pasa de ser tonta a convertirse en entontecedora y, en el peor de los casos, embrutecedora. 

En la actualidad, la televisión parece hacerse a contrapelo de toda forma de dignidad, seriedad o entendimiento. Incluso espacios que, supuestamente, se dedicaban a informar, acaban recurriendo a lo más rastrero y denigrante para persuadir al espectador, para provocarle una reacción visceral que, a cambio de un enfermizo disfrute, desacredita al intelecto; como esos repetidores que, conocidos por su procacidad e irreverencia, arrinconan al estudioso de la clase al final de la lección, le quitan sus lentes y las estrellan contra el suelo, entre las risas del resto del aula, demasiado acobardaba para reconocer lo humillante e injusto de la escena. Es la retórica más abyecta, esa que apela a la parte más ajena a la razón y que, por ende, se sugiere opaca a todo tipo de argumento. No hay más que ver cosas como Dónde estás, corazón o los felizmente desaparecidos Aquí hay tomate o Dolce vita para saber a lo que me refiero; programas que se enorgullecen de informar pero que, en realidad, no hacen sino avivar el morbo del espectador, despellejando a individuos que, seguramente, se lo merecen y encumbrando a otros que muy rara vez han hecho algo para ganarse semejante honor. Lo peor de todo, no obstante, es la insultante forma en la que se defienden a sí mismos y acreditan su labor de desuello, el estomagante victimismo que los acompaña allá donde van y ante el que la audiencia, como los pusilánimes estudiantes antes aludidos, no sabe más que agachar la cabeza o incluso asentir convencida, aguijoneada por ese sentimiento de culpa que sólo pueden instigar aquellos que suficientemente desvergonzados como para darle la vuelta a la tortilla y hacer que nos veamos a nosotros mismos como verdugos inmisericordes. “La gente tiene derecho a estar informada”, braman, por otro lado, valiéndose de un argumento que nadie se atrevería a discutir pero que, si uno se lo para a pensar, esconde una correspondencia espuria, inexacta, que sus fervorosos espectadores pasan por alto; y es que a estos programas no se le puede aplicar esa máxima, pues no informan, a no ser, claro está, que tomemos el vocablo “información” en un sentido muy amplio; su objetivo, lejos de ilustrar (ya no digamos enseñar), consiste en espolear el odio, la envidia, el desprecio o, si se trata de elogiar, empujar a la adhesión irracional, la defensa a todo trance, la idealización de todo tipo de personajes; en pocas palabras: convencer al personal mediante recursos que tienen tanto que ver con la razón como la noche con el día y que, en última instancia (y de ahí es de dónde procede el verdadero terror), no difieren tanto de las artimañas que emplean las sectas o los grupos extremistas para adoctrinar a sus acólitos.

Así pues, acreditado el encarnizamiento de los presentadores y justificado el visionado por parte del público, no es mucho lo que el resto de programas -los pocos, realmente pocos, serios que quedan- puede hacer, más allá se seguir defendiendo su línea y mimar a sus escasos, pero fieles, espectadores. Por desgracia, incluso estos parecen estar subiéndose al carro, claudicando ante una amenaza que cada día se hace más palpable e irreversible. El mejor ejemplo de esto sería La mirada crítica, último oasis con el que contaba la chiripitifláutica Telecinco pero que, con la sustitución de Vicente Vallés y la subsiguiente designación de la trasnochada María Teresa Campos, se está yendo del todo a pique, dando entrada a este circo del que, como sigan así las cosas, no tardaremos en formar todos parte; pero no como domadores ni trapecistas, sino como payasos. Y que conste que esto no es alarmismo: es mera constatación.

Por cierto, que me se olvidaba...

¡¡¡Viva España, copón!!!

Mi nuevo compañero de piso se llama Felipe, es colombiano, en su país se ganaba la vida como fotógrafo artístico y comercial y, contra todo pronóstico, es un tipo de lo más agradable y contemporizador: no sólo ha conseguido que me vuelva a sentir a gusto al regresar a casa, sino que ha propiciado, quién sabe por qué conjuros y alquimias, que el otro compañero y yo nos volvamos a dirigir la palabra e incluso lleguemos a reírnos juntos, sin que a nuestras espaldas reluzcan los filos de los cuchillos. En esto último, no cabe duda, tiene mucho que ver el hecho de que me haya cambiado de habitación y, con ello, haya logrado librarme de sus cantinelas nocturnas. Así y todo, hay que admitir que el nuevo muchacho posee un aura, una predisposición en su comportamiento y en su manera de dirigirse a nosotros, de la que su antecesor, no sólo es que careciera, sino que la suplía con unos grados de arrogancia y testarudez difíciles de superar. Semejante cambio, como os podéis imaginar, me devuelve un tanto la esperanza en el ser humano y descredita mi sospecha, reiteradamente refrendada, sobre los poderes paranormales de esta vivienda, capaz de inocular la oligofrenia a todo el que se atreviera a traspasar su umbral (incluido, claro está, yo mismo).

En fin, ya os iré contando. De momento, tengo la sensación de haberme quitado un gran peso de encima.

Empezar la casa por el tejado

 

No quiero meterme en berenjenales, pero después de leer el artículo publicado hoy en El País, considero que el asunto requiere una breve reflexión, unas gotas de lucidez y honestidad. Ya sabíamos que lo del arte moderno era un tema complicado, que los parámetros para medir la excelencia creadora se vienen alterando sin descanso desde hace siglos, conforme a heterogéneos factores y no siempre de forma consensuada, y que los criterios con los que antaño juzgábamos obras de Rubens, de Miguel Ángel, de Van Eyck y aun de Dalí o Grosz, han ido quedando paulatinamente obsoletos, poco menos que desacreditados, tan útiles para medir la calidad de las últimas manifestaciones como un estilete para hacer frente a una horda de orcos. Aun así, el actual estado de las cosas lleva a pensar que hay algo que no acaba de encajar en todo esto y que, bajo toda la solemnidad que se propugna, no subyacen sino unos intereses más pecuniarios que artísticos. De ahí a empezar a ver el arte como una gran tomadura de pelo hay sólo un paso.

El reciente caso de la cúpula de Barceló es, a este respecto, uno de los más significativos de los últimos años: comparada por algunos -siempre prestos a la equiparación y al establecimiento de influencias- a los frescos de la capilla Sixtina, al observador inexperto, que se deja arrastrar a los museos en fin de semana, acompañado de la familia y pertrechado de una cámara desechable, tal similitud le habrá de pasar, necesariamente, desapercibida -más allá del hecho de tratarse, en ambos casos, de cúpulas; en cambio, lo más seguro es que se sienta perplejo, e incluso defraudado -si no engañado-, ante una forma de arte que no entiende ni, más importante, adivina cómo calibrar. La labor de los especialistas y, sobre todo, de los tasadores, se vuelve entonces fundamental: a todo trance deben convencer al ciudadano medio de que ese engendro, que el común de la gente empieza a mirar con suspicacia, representa el último grito en la expresión artística, y que su incapacidad para apreciar su valía se deriva de una supina ignorancia, síntoma de una cerrazón provinciana que no le permite ver más allá de lo obvio y consabido. Lo bueno, en todo caso, es que, en este proceso de persuasión, no existen reglas prefijadas -como ya no existen, tampoco, en el mundo del arte-, con lo que cualquier interpretación, por peregrina que sea, puede colar, dando así valor a lo que antes no lo tenía o, cuando menos, se lo escatimaba al espectador; sólo hace falta que aquella aparezca convenientemente aderezada por una erudición impenetrable -por vacua- y una considerable cantidad de tecnicismos -tanto más efectivos cuantas más sílabas los conformen-, que terminen por desarmar, y poner a merced de la élite cultivada, a la grey embrutecida.

Eso es, precisamente, lo que trata de hacer el texto de El País: vendernos -porque, al fin y al cabo, siempre se trata de lo mismo- una mercancía que, en principio, no adquiriríamos ni locos, mucho menos al precio con el que sale a subasta; o mejor dicho, convencernos de que lo que acabamos de comprar -pues el proyecto se ha financiado con dinero público, sin pedir la opinión de los votantes ni parar mientes en la crisis ni en otras zarandajas por el estilo- vale lo que nos han cobrado (muy por debajo del caché del humilde Sr. Barceló, como se apresura a advertir el avisado articulista/panegirista); y no sólo eso, sino que hemos hecho la compra de nuestras vidas.

Lo grave, en este caso, no es sólo que se recurra a las sibilinas técnicas arriba mencionadas, secundadas por el papanatismo de la mayoría, sino que también se dé cabida a factores morales de primer orden, de esa clase que uno no puede enjuiciar salvo exponiendo su nombre y su fama a las críticas más furibundas. Y es que la obra se encuentra situada en la Sala de los Derechos Humanos y la Alianza de Civilizaciones del Palacio de las Naciones Unidas y, coherentemente, se presenta como una especie de estímulo al cumplimiento de los principios firmados en Ginebra hace ahora exactamente 60 años; es decir, el sentimiento artístico como una garantía de justicia y solidaridad, una idea más vista que el TBO pero que, por lo que parece, sigue –y seguirá- teniendo vigencia en nuestra sociedad, avalando la mediocridad en virtud de un prurito de corrección política o, como poco, de un compromiso ético que, a la larga, le hace un flaco favor al mundo del arte, desatendiendo o postergando los valores puramente artísticos que la pieza, pese a todos los pesares, podía ostentar.

Se trata, pues, de una combinación infalible, imposible de rebatir: espuria legitimación artística, por un lado, y canalla acreditación moral, por el otro. Así, se consigue no sólo que se agujereen las arcas del Estado, que los reyes en persona se presten al teatrillo o que el caché del artista mallorquín suba como la espuma, sino que alguien como el sargento de las fuerzas de seguridad de la ONU -nacido en Asturias, por cierto- dictamine: "Es estupendo, sensacional. Ahora lo que hace falta es que la sala funcione y mejoren los derechos humanos", como si quisiera decir: "Bueno, ahora que ya tenemos el tejado, empecemos por la casa”.

Para verlas más grandes tenéis que pinchar sobre ellas.



    
 
 
   
 
 
 

Nov. 17th, 2008

Después de haber empezado la semana con buen pie, con los mejores augurios, más de un plan apetecible en el horizonte y aun una promesa de renovación en el apartamento, las esperanzas se han venido a estrellar, como de costumbre, contra el gris muro del domingo, todavía más impracticable que en pasadas ocasiones, por razones que, si bien no tendría inconveniente en compartir -dada mi propensión al exhibicionismo y el encarnizamiento-, me reservaré para mí mismo, no tanto por un pudor de última hora como por respeto a mi(s) sufrido(s) lector(es), que ya tuvo/tuvieron suficiente la semana anterior, cuando, de manera inopinada e indeseable, se aflojaron las esclusas de mi conciencia, dejando fluir lo que debería haber quedado en la sombra.

Así pues, me limitaré a lo más destacable de los últimos siete días: Lisboa y Sigur Rós. Una cita que llevaba esperando hacía más de un mes y que, por suerte, ha respondido a todas las expectativas, en parte por la ciudad, en parte por el concierto, pero yo creo, humildemente, que sobre todo porque fui yo solo. Me alojé en un albergue de la zona antigua, muy cerca del Tajo y del castillo de San Jorge, que desistí de visitar debido a los cinco euros que los no lisboetas nos veíamos obligados a abonar. Cabe decir que era el único huésped del susodicho albergue y que, pese a ocupar un dormitorio con cuatro camas -que en los meses del verano me hubiera obligado a compartir ronquidos, ventosidades y dios sabe qué más horrores de la noche-, el sitio no podía parecer más abandonado y casi fantasmal: como que al volver del concierto, me dio la sensación de estar entrando en una casa encantada. Ya al dirigirme del auditorio -una plaza de toros reformada, en este caso- había rozado lo paranormal, cuando, de camino hacia la Vía Augusta -donde, según el taciturno muchacho que regentaba el hostal (a quien, dicho sea de paso, no volví a ver), había buenos sitios para comer-, me extravié por las calles de Alfama y, por unos minutos -quizá media hora-, estuve vagando sin saber muy bien dónde me encontraba ni, más importante, si conseguiría salir de allí. En un momento dado, mientras le daba vueltas al plano y aun miraba a ver si, por equivocación, había cogido uno de San Petesburgo, fui a dar a unas calles de lo más sórdidas, en las que había gente rebuscando en la basura, oscuras siluetas intercambiando mercancía en las esquinas y mujeres que, con un sempiterno cigarrillo en los labios, te ofrecían su peculiar mercancía. Fue entonces cuando me dio por pensar que no llegaría al concierto, después de todo, y ya no por mi innegable extravío, sino por los inesperados compañeros que me habían salido al paso y que, desde mi timorata perspectiva, me acechaban esperando el momento de asestarme el golpe. Por suerte, conseguí dar con una plaza que, esta vez sí, aparecía en el mapa y, de esta manera, volver a la senda que, en principio, me había propuesto seguir pero de la que, según descubrí con estupefacción, me había desviado mucho más de lo que había imaginado.

En cuanto al resto de mi paseo por Lisboa, ya fue más convencional: fui a recoger las entradas para el concierto y, sin tiempo ya para conocer el restaurante que me había recomendado el conserje, deglutí una hamburguesa en el Burriquín. En todo ese tiempo, no volví a hablar con nadie más, aunque me entretuve observando a la gente y, sobre todo, tratando de desentrañar lo que decían, en esa lengua que, supuestamente, tanto se parece al castellano pero cuya fonética no puede ser más opaca a los oídos de un ignorante como yo. Así que llegué al lugar del evento, escogí un sitio cercano al escenario y me dispuse a disfrutar, ya que no de la compañía ni de la conversación, de la música. Que nadie se piense, ahora bien, que eché de menos el contacto humano o que el concierto no me satisfizo por sí solo. Muy al contrario: creo que, de haber estado acompañado, no habría prestado tanta ni me habría involucrado tanto en el espectáculo, y, por consiguiente, me habría venido para casa con la sensación de haberme perdido algo. De esta forma, regresé encantado, con ganas de volver para seguir conociendo Lisboa -lo haré en abril, con motivo de un congreso de hispanistas- y más entusiasmado con Sigur Rós que nunca.

Aquí os dejo unas fotos de mi experiencia, amén de un vídeo, fraccionado en dos partes, tomado del documental Heima, correspondiente a la canción con la que el grupo islandés suele terminar sus conciertos (Popplagið), que si pasé de grabar in situ, fue para disfrutarla en toda su plenitud. Espero que os guste.



      
Un tranvía camino del cementerio (literalmente)                       Lisboa de noche, vista desde Alfama

     
El cantante de Sigur Rós en pleno trance                               El albergue espectral

Y el tema de Sigur Rós:

Primera parte

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Y segunda parte:

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Hoy es uno de esos días en los que el mundo se me acerca por detrás, se afloja los pantalones sin hacer ruido y procede a sodomizarme lentamente. Los fines de semana, últimamente, no me sirven más que para concebir pensamientos de este tipo; llega el viernes y tengo unas ganas tremendas de salir, de hacer el payaso, de hablar a borbotones, de beber como John Silver... pero de repente me encuentro con que mi vida la planean otros; de suerte que, cada vez que se me ocurre algo que hacer, algún sitio a dónde ir, alguien con quién estar, las altas instancias me vuelven la espalda, me niegan el voto, me obligan a esperar en la fila sin rechistar. Entonces me siento como si fuera un extra, como si mi vida fuera una parte anecdótica, sin apenas trascendencia, de un argumento al que yo, por mi condición, no puedo acceder más que como oyente o comparsa. Pero no sólo eso: como un figurante, parece que sólo tengo existencia cuando los demás me la dan, cuando, digamos, logro entrar en el plano y formar parte, por muy incidental que sea mi aportación, de la trama principal. Unas veces me veo a mí mismo como el amigo eterno, como el que siempre escucha e incluso se permite dar consejos, basados en una improbable -y seguramente indemostrable- experiencia; otras, en cambio, creo ser el elemento discordante, aquel que, sin saber muy bien por qué, introduce el desasosiego en la escena y hace que los protagonistas aprieten el paso en la acera húmeda; aunque lo cierto es que, la mayoría de las ocasiones, simplemente me siento como el observador, el que no hace más que estar ahí, sin que nadie del público se fije en él y que, si tiene alguna intervención, será indefectiblemente torpe y extemporánea.

Así es cómo me percibo en estos días sin nombre, que no pasan de ser un número en el calendario pero cuyo recuerdo, así y todo, aflora en los momentos más inesperados, actualizando una sensación que, no por obviada la mayor parte del tiempo -e incluso humillada en ciertos casos en los que la fortuna se muestra propicia-, deja de estar ahí, acechando entre los asuntos del día a día, entre las obligaciones del trabajo, entre las conversaciones banales, entre las esperanzas rehechas a cada paso y vueltas a desmontar... Pero bueno, por suerte para mí -y supongo que también para los demás-, no suelo ceder ni un milímetro ante la angustia, consciente de lo insaciable que puede llegar a ser la conmiseración por uno mismo y de las pocas y endebles armas con las que, llegado el caso, contaría; de modo que, al menos, puedo sobrevivir al trance sin pena ni gloria, yéndome a la cama con la conciencia semitranquila y haciendo lo posible por convencerme de que, a la mañana siguiente, me despertaré siendo el protagonista de mi propia historia.

A punto de hacer historia

Hoy por la mañana, en uno de esos momentos de lucidez que suelen preceder a los grandes hitos de la Historia, me dio por buscar el término "wikipedia" en la Wikipedia. Llevaba un buen tiempo en la parra, dándole vueltas a mi amigo Benet y a sus aledaños, cuando se me ocurrió esta visionaria manera de hacer frente al tedio y, quizá de paso, enunciar una peregrina teoría. Acaso esperaba que el eje del espacio-tiempo se plegase y, sin necesidad de acelerador de partículas ni zarandajas por el estilo, se me abriesen las puertas a una dimensión desconocida o se me permitiese el acceso a un mundo reservado sólo a los muy ingeniosos. Huelga decir que no ocurrió nada de eso, y que a los diez segundos de haber intentado provocar un agujero negro en mi despacho, seguía igual de cateto que siempre y me encontraba de nuevo en Babia, tecleando sin conocimieno y a punto de caer dormido sobre el teclado.

Eso ha sido lo más apasionante que me ha ocurrido en lo que llevo de día, significativamente condicionado por el par de horas que he dormido esta noche... o mejor debería decir por las seis o siete que he pasado en vela.